Esteban y la despedida: a veces decir adiós no es suficiente

Esteban y la despedida — cuento por entregas de David Enrique Pavón Sierra

CONTENEDOR CREATOR · HISTORIAS · PUBLICACIÓN 004

Por David Enrique Pavón Sierra

Hay despedidas que terminan una historia.

Y hay otras que, cuando creemos haberlas terminado, apenas comienzan a mostrarnos aquello que no habíamos querido ver.

Hoy, en Contenedor Creator, comienza Esteban y la despedida, un cuento por entregas sobre los recuerdos, las decisiones que llegan tarde y esas personas que permanecen cerca incluso cuando nuestra mirada está puesta en otra dirección.

Esteban es escritor, cantautor y empresario. Pero lejos de todo aquello que define su vida cotidiana, esta historia comienza con algo mucho más sencillo: un hombre caminando solo por el campo con una guitarra a la espalda.

Acaba de tomar una decisión. Quiere despedirse. Quiere borrar una historia. Quiere convencerse de que puede continuar.

El problema es que algunas historias se resisten a desaparecer.


Entrega 1 — La despedida

Esteban caminaba por el campo con la guitarra a la espalda. En aquel momento, sentía que la soledad era su mejor refugio. El dolor de la mentira todavía permanecía en su pecho.

Pasó junto a aquel árbol donde alguna vez habían escrito sus nombres. Se detuvo. Después de observarlo durante unos segundos, se sentó a su lado y tomó la guitarra.

Sus dedos encontraron casi por instinto los acordes de la que alguna vez había sido su canción de amor.

—Cerca del cielo he visto tus ojos brillar,
mirándome con el azul del mar…

No pudo continuar.

Las lágrimas volvieron a sus ojos.

—Creo que lo mejor es quedarme como estoy. Ella debe seguir con su vida. No puedo hacer más.

Se levantó y volvió a caminar.

Ya no sabía hacia dónde iba.

Tampoco importaba demasiado.

Como por reflejo, sacó el celular y comenzó a borrar aquella historia que habían construido juntos. No había sido demasiado tiempo: apenas seis o siete meses. Pero ella había llegado durante uno de los momentos más turbulentos de su vida.

Y había llegado a tiempo.

—Ya todo terminó —murmuró—. Es preferible decir adiós que seguir sufriendo.

Al cabo de varias horas, el cansancio volvió a vencerlo. Esteban se sentó, apoyó la guitarra a su lado y sacó del estuche una libreta.

Necesitaba escribir.

A veces era la única manera que conocía de ordenar lo que llevaba dentro.

Tomó el bolígrafo y dejó que las palabras aparecieran:

—Tras los recuerdos, solo se encuentra dolor.
Mientras tú sigas aquí, pensaré en el amor.
Toda esta historia es una mentira. Recuerdo que tenías corazón.
Ahora estoy envuelto en ira. Ya no creo que tenga una razón.

Cerró la libreta y volvió a mirar el celular.

Ya no estaba su contacto.

Tampoco sus mensajes.

Nada que pudiera devolverlo a aquellos meses.

O eso quiso creer.

Mientras recorría la pantalla, un nombre llamó su atención.

Valeria.

—Valeria… Siempre Valeria.

Sonrió apenas.

Se conocían desde niños. Habían crecido siendo vecinos y, con el paso de los años, la vida se había encargado de separarlos y volverlos a juntar una y otra vez.

Ella siempre aparecía en los momentos más oscuros.

—¿Por qué demonios no decidí estar contigo? —murmuró—. Mi amiga, mi paño de lágrimas, mi soporte.

El cansancio terminó por vencerlo. Cerró los ojos y, casi sin darse cuenta, se quedó dormido.

Pero ni siquiera dormido consiguió escapar.

Aquellas palabras que lo habían roto regresaron.

No podía recriminarle todo a Antonella. Ella también necesitaba sanar. Necesitaba descubrir qué hacer después de la partida de aquel amor que todavía pesaba sobre su vida.

Había dolor.

Sentimientos.

Pesares.

Y también mentiras.

Esteban había llegado a su vida como quien encuentra, sin buscarla, una tabla de salvación en medio de una tormenta.

El problema era que una tabla de salvación no siempre se convierte en destino.

Cuando despertó, retomó el camino.

Poco después volvió a cantar:

—Hace tanto que te extraño. No miraste hacia atrás.
Han pasado cinco meses. Sé que no volverás.
He crecido en mi vida, pero tú te la llevarás.
Este cuento se termina. Cuando no haya amor, ya lo verás.

A lo lejos comenzó a distinguir el pueblo.

Al llegar a las primeras calles, una voz conocida lo sorprendió desde la entrada de una pequeña tienda.

—Don Esteban, qué lindo verlo nuevamente. Pensé que iba a demorarse más, que regresaría mañana.

—Hola, Germán. Yo también lo creí, pero olvídalo.

Germán lo observó con atención.

—¿Le pasó algo, don Esteban? Lo noto raro.

Esteban guardó silencio unos segundos.

—Se terminó, Germán. Y ni siquiera comenzó. Pero así es la vida.

—¿Pero no hay alguna esperanza?

Esteban lo miró.

—¿Esperanza de qué? ¿De perderla definitivamente o de estar junto a ella a medias?

—¿Cómo que a medias, don Esteban?

—Es difícil de explicar. Al principio no lo quise… pero ahora hasta suena bien.

Y ese era precisamente el problema.

Aquella relación nunca había llegado a pertenecerles por completo. Antonella todavía cargaba una historia sin cerrar y Esteban había aceptado permanecer cerca, aun sin saber qué lugar ocupaba realmente en su vida.

Esteban tomó a Germán del hombro y lo apartó amistosamente de la puerta.

—Déjame entrar, hombre.

Minutos después se dejó caer sobre la cama mientras una canción sonaba en la habitación.

Esteban Saavedra era cantautor. «Versión Temu», como solía llamarse a sí mismo entre bromas.

Escribía porque necesitaba hacerlo. Componía canciones porque había historias que le resultaba más fácil cantar que contar.

Con los años, aquella costumbre se había convertido en una de sus mayores pasiones.

Germán, además de ser un buen amigo, era quien solía conducir cuando Esteban tenía que viajar. Pero aquel día había decidido hacerlo por su cuenta.

Cerró los ojos.

No supo cuánto tiempo había dormido hasta que despertó de golpe.

—¡Mierda, el auto!

Se incorporó inmediatamente.

—Qué idiota soy. Por andar pensando en tonterías, me olvidé del auto.

Buscó el celular, pero antes de encontrarlo recordó perfectamente dónde había dejado el vehículo.

A unas tres horas de allí.

Al levantarse, dejó el teléfono sobre la cama sin darse cuenta. La música continuaba sonando y ocultó el sonido de una notificación.

Un mensaje acababa de llegar.

Esteban todavía no lo sabía.

Era de Antonella.

Cuando finalmente tomó el celular y vio su nombre en la pantalla, permaneció inmóvil.

¿Por qué me escribió?

¿Para qué lo hizo?

Por unos segundos pensó en abrir el mensaje, pero primero llamó a Germán.

—Jefe, acá estoy. ¿Para qué soy bueno?

—Amigo, perdona que te meta en esto, pero ayúdame.

—Dígame.

—Dejé el auto a unas tres horas de aquí. ¿Puedes tomar un taxi e ir a recogerlo? La llave debe estar en el estuche de mi guitarra.

Germán guardó silencio unos segundos.

—Eran tres horas a pie, ¿verdad, don Esteban?

Esteban cerró los ojos.

—Sí, Germán.

—Ya vuelvo.

Terminó la llamada.

Ahora no quedaba ninguna excusa.

Antonella seguía esperando en la pantalla.

Esteban abrió el mensaje.

Leyó:

«Hola. No me dejes, por favor. Te quiero mucho.»

Lo leyó otra vez.

Y una tercera.

Horas antes había borrado mensajes, recuerdos y hasta su contacto intentando convencerse de que todo había terminado.

Ahora bastaban unas pocas palabras para poner en duda aquella despedida.

Esteban permaneció mirando la pantalla.


Continuará…

¿Qué responderá Esteban?

¿Puede una frase cambiar una decisión que parecía definitiva?

Y, sobre todo, ¿por qué Valeria continúa apareciendo en sus pensamientos?

Próxima entrega: Dos mensajes.


Sobre la serie

Esteban y la despedida se publicará por entregas en Contenedor Creator:

1. La despedida · 2. Dos mensajes · 3. El regreso · 4. El bar de siempre · 5. Demasiado tarde

© 2026 David Enrique Pavón Sierra · Contenedor Creator
Todos los derechos reservados.

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